Lisu Vega: La memoria que se teje

Lisu Vega convierte el tejido ancestral en instalaciones que hablan de migración, memoria e identidad wayuu. Desde Miami, una artista que teje el tiempo con sus manos y hace del reciclaje un lenguaje propio.

 

Moca Spring Opening by Zaira Aranguren

 

Fotografías:

Nina Rodríguez @imninarts

Juan Henríquez @juanjhenriquez

Elvis de Rivero @gatoriverop

Texto

Lisu Vega nació en Miami en 1980, creció en Maracaibo y lleva más de dos décadas construyendo una obra donde el tejido es simultáneamente material, memoria y método. Formada en gráfica experimental en las escuelas de arte Julio Árraga y Neptalí Rincón, su práctica abarca instalación, fotografía, textil y moda. Vive y trabaja en Miami, donde es miembro activa del Laundromat Art Space Residency Program.

Entre sus hitos recientes: el Florida Prize in Contemporary Art en el Orlando Museum of Art (2025); Tactics for Remembering en el MoCA de Arlington, Virginia; y Lo Que Me Habita, individual en la Frank C. Ortis Art Gallery curada por Sophie Bonet. En 2026 participó en el South Florida Cultural Consortium en el MOCA de North Miami y en el Conductor Art Fair a través de Gladwell Projects en Brooklyn.

¿Intuición o concepto: qué guía primero tus decisiones creativas?

La intuición es clave. Vivo en un estado de alerta constante, atenta a materiales, objetos y fotografías que me remiten a momentos muy específicos. Mi obra es un gran rompecabezas: todo comienza con el recurso fotográfico, luego viene la búsqueda de materiales y el cuestionamiento sobre la motivación. Con esa emoción voy tejiendo hasta dar forma a un cuerpo de trabajo.

¿Cómo habita Venezuela en tu obra desde Miami?

Mi obra enaltece mis orígenes: cómo tejo pasado y presente para materializar la emoción. Tengo una cajita de objetos y fotografías de los últimos 26 años —un archivo vivo— que fue el origen de Contemplación y muchos proyectos posteriores. Busco similitudes entre territorios, habito el presente mientras dialogo con el pasado. A medida que el trabajo es más honesto con la emoción, las fronteras dejan de existir.

 

Lisu honrando sus raíces junto a sus hijos

El tejido aparece en tu obra como un acto ritual. ¿Qué significa “tejer” más allá de lo material?

Tejer es conectar con mis ancestros. Mis raíces wayuu afloran: mis manos danzan, el tiempo se detiene y esa memoria ancestral se activa para tejer pasado y presente en un solo tiempo. Es meditación, es herencia de mi abuela y mi bisabuela. Todo lo que somos está compuesto por el tejido de los ancestros que habitan en nosotros.

El Florida Prize, ¿antes y después?

Me dio la oportunidad de mostrar trabajo en tres escalas distintas: tres instalaciones inspiradas en la memoria de mi abuela, explorando tejido, fotografía y reciclado. Crecí conceptual y formalmente, se abrieron nuevas oportunidades en distintos museos. Fue también una forma de rendir homenaje a quien fue mi gran mentora.

¿Cómo dialogan Florida y Nueva York en tu práctica?

Venezuela me conecta con lo íntimo y el archivo personal; Florida y Nueva York me permiten desarrollar la materialidad, la instalación y la escala. Ejecuto la obra desde una memoria actual que se entrelaza con la del pasado, explorando la emoción, las transiciones de espacio y la pertenencia.

 

¿Dónde vive la emoción dentro de tu proceso creativo?

Cuando emigré, me traje una cajita —la de mi primer celular— donde guardo mis grandes tesoros. Esos objetos han activado grandes procesos creativos. Al seleccionar una imagen de mi línea de tiempo personal, esa memoria vibra en el espectador. Cuando la obra tiene alma, conecta: quien la observa recuerda su propia historia. El tejido es infinito, como la fotografía.

¿El arte puede ser una respuesta al exceso?

Absolutamente. El remanente de una pieza es siempre el punto de partida para la siguiente. No solo reciclamos materia, también reciclamos emoción. El reciclaje se convierte en un lenguaje propio.

 

¿El espacio institucional transforma tu obra?

Las instalaciones se activan de manera distinta: se apropian del espacio y dialogan con el espectador. Mis lenguajes —textil, fotografía, instalación, memoria, reciclado y poesía— se entrelazan para crear nuevas conexiones. La obra no solo se observa: se habita.

¿Dónde se cruzan el arte y la moda en tu obra?

La moda la creo como un acto terapéutico, moldeando sobre el maniquí como si fuera una escultura. El remanente de una colección es el punto de partida de la siguiente. Un cuerpo humano y un espacio museístico se intervienen con el mismo impulso. La única diferencia es la escala.

¿Qué nuevos territorios quieres explorar?

Me interesa darle cabida a lo que los hilos de la vida vayan tejiendo. Este año realizaré la residencia The ANT Project en Ciudad de México, que me permitirá explorar nuevos cuerpos de trabajo desde un contexto distinto. Mientras tanto, trabajo como hormiga, pieza por pieza, con mis ancestros guiándome hacia nuevos horizontes.